Su papá escondía soldaditos de juguete en su casa para “protegerla” y, tres años después de su muerte, ella encontró al último

Marissa vivía sola, y su papá no podía con la idea.

Cada vez que la visitaba, hacía lo mismo. Sacaba de algún bolsillo un pequeño soldado de plástico y lo escondía en un rincón de la casa. Decía que una mujer sola necesitaba “un sistema de seguridad decente”. Y ella, con los años, fue encontrándolos uno por uno, montando guardia junto a los cereales, detrás del televisor, vigilando el papel higiénico.

Su padre murió hace tres años. Marissa creía haber descubierto ya a todo su pequeño ejército.

Hace unos días desmontó la lámpara de la cocina para cambiar una bombilla y, dentro del plafón, encontró a uno más. Estaba tendido boca abajo, con el fusil apuntando directo a la puerta de entrada. Un francotirador instalado en el mejor punto de vigilancia de la casa.

Ella lo compartió con humor, porque así era su papá: “Resulta que tenía un francotirador cubriéndome todo este tiempo. Viejo tramposo, cómo te extraño”.

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